Diada 2018

11 de Septiembre: el principio de una era muy parecida a la anterior

A diferencia de anteriores Diadas la realpolitik se impone como una losa sobre la narrativa idealista que sonaba año tras año. Ítaca está más lejos de lo que se prometía, y si en algún momento se llega, parece que las sonrisas no marcarán el camino. Asimismo, otra efeméride amenaza con robarle el protagonismo a la Diada. Dentro de veinte días se cumple un año del 1-O. Ese día rivaliza y rivalizará simbólicamente con la Diada.

Guillem Pujol
 
 
 
Manifestación de la Diada | M.P. Flickr

Manifestación de la Diada | M.P. Flickr

¿Qué es y qué significa el once de Septiembre para Cataluña? ¿Es la expresión última de un solo pueblo que expresa la voluntad de sentirse libre? ¿Es la reacción ante las imposiciones de un Estado que renuncia a adaptarse a las nuevas demandas democráticas? ¿Es, tal vez, una competición por parte de diferentes agentes políticos que buscan capturar con intenciones electorales el deseo de independencia?

Antes de adentrarnos en este espeso océano, empezamos por concretar lo que sabemos con seguridad. La Diada nacional de Cataluña, establecida legalmente por el Parlament de Cataluña en 1980, conmemora la última defensa de la ciudad de Barcelona durante la Guerra de Sucesión, donde las tropas borbónicas de Felipe V se enfrentan a los Austrias del Archiduque Carlos para a la corona de España. Con la victoria de las tropas de Felipe V, las instituciones de autogobierno y los Furs locales se anulan. El 11 de septiembre, pues, es la celebración de una derrota histórica, que ejemplifica esa cosa tan catalana de hacer de la derrota una victoria moral, sostenida bajo una verdad ilustrada: vosotros tendréis las armas, pero nosotros la fuerza de razón.

Lo que es la Diada hoy en día no tiene nada que ver con lo que era hace sólo siete años. Hay una Diada pre-2012, y una Diada post-2012. Desde la Diada del 2012, el once de Septiembre se ha convertido en un evento crucial para el movimiento independentista, que muestra una capacidad de movilización sin precedentes en la historia. No en la historia de Cataluña, sino en la Historia en mayúsculas. Si un 28 de agosto de 1963 Martin Luther King pronunciaba el archiconocido discurso “I have a dream” ante unas trescientas mil personas, la Diada del 2012 triplicó su asistencia, superando el millón de participantes.

Desde entonces, las cifras de asistencia a la Diada han mantenido un nivel de participación superando siempre el medio millón. Una auténtica barbaridad en términos comparados. Más si tenemos en cuenta que uno de los elementos claves de este cambio es que dejó de ser un día de celebración transversal de todos y todas las catalanas, para convertirse en la fiesta de los que quieren la independencia. Y un dato relevante: aquella Diada del año 2012 fue convocada por la Assemblea Nacional de Catalunya, una entidad que nació ese mismo año y que tiene como objetivo la independencia de Cataluña. La ANC se convirtió en una de las entidades más relevantes del país, y su existencia marcaría parte del rumbo de la política catalana en los próximos años.

Por lo tanto, podemos ubicar la Diada del 2012 como el acto inaugural de un proyecto y una escena política que ha marcado el rumbo de la política catalana y española de los últimos siete años. Durante estos últimos años la Diada se ha ido convirtiendo en una movilización institucionalizada, locución verbal que bordea el oxímoron. Es decir, si históricamente la fuerza de las movilizaciones radica en la capacidad de la gente de actuar de forma autónoma, no alineada con la Institución (o directamente en contra de la misma), la Diada no se entiende sin la Institución que la promueve, alimenta y necesita. Así, entre muchas otras cosas, la Diada a partir de 2012 ha sido, en parte, una herramienta gubernamental para mostrar el músculo del independentismo en el mundo. Y se ha hecho, siempre, sin que haya un mínimo alboroto o acto de violencia. Sea en forma de V, de una larga cadena humana, o llenando la Gran Vía de Barcelona. Impresionante teniendo en cuenta los números de participación.

Diada 2018: ¿Un cambio de paradigma?

Hemos dicho que las Diadas que se han ido sucediendo a partir de 2012 partían de una lógica diferente de las anteriores, y si bien la Diada de este año bebe de esta lógica independentista-institucionalizada, este 11 de Septiembre se respira una atmósfera diferente. La razón es bien conocida: Oriol Junqueras, Jordi Turull, Raül Romeva, Josep Rull, Meritxell Borràs, Dolors Bassa, Joaquim Forn, Jordi Cuixart y Jordi Sánchez y Carme Forcadell están en prisión. Están desde hace meses por la aplicación injusta de la legalidad española que ha desencadenado conflictos legales y diplomáticos con Bélgica y Alemania.

A diferencia de anteriores Diades en el escenario post 2012, la realpolitik (visión de la política haciendo una lectura pragmática y desprovista de juicios éticos) se impone como una losa sobre la narrativa idealista que sonaba año tras año. Ítaca está más lejos de lo que se prometía, y si en algún momento se llega, parece que las sonrisas no marcarán el camino. Asimismo, otra efeméride amenaza con robarle el protagonismo a la Diada. Dentro de veinte días se cumple un año del 1-O. Ese día rivaliza y rivalizará simbólicamente con la Diada.

Si el 11 de Septiembre representa una cierta teatralización del movimiento, con una incidencia mayor de la institución sobre el movimiento, el 1-O sería lo contrario: a pesar de la ayuda, empuje y coordinación de la Administración, 1-O fue una victoria de la gente movilizada. Y para la Historia de Cataluña, celebrar una victoria es un cambio en su Historia. ¿Se dividirá la participación entre el 11 de Septiembre y el 1-O, haciendo que ésta sea la menos masiva de las Diades desde el escenario post-2012? Todo parece indicar que así será. Y la escisión entre asistir a la reivindicación historia de una derrota o de una victoria tal vez tiene algo que decir. Pronto lo sabremos.

La Diada y la lucha fratricida del independentismo

Pero esta Diada se puede interpretar desde otra perspectiva. Vivimos en democracias liberales organizadas en sistemas de partidos. El concepto partitocracia define la lucha entre partidos políticos para hacerse la hegemonía política y social mediante el voto – y la posterior representación parlamentaria- de la ciudadanía. Esta Diada se puede interpretar también como la lucha fratricida dentro del equipo independentista. Y en el horizonte, como suele ocurrir, un objetivo en mente de los partidos políticos: las elecciones municipales de mayo del 2019.

Distinguimos entre cuatro actores principales, todos ellos con un mismo objetivo político -la independencia- pero con diferentes agendas estratégicas. Esquerra Republicana de Catalunya, el PDeCAT, Crida per la República y la CUP. A estos cuatro actores principales hay que sumarles dos otros actores “satélites”: la ANC y Òmnium Cultural. Todos los agentes se encuentran entre una cruel dicotomía: alimentar el deseo de independencia o atenerse a la cruda, áspera, y seca realpolitik, sabiendo que esto puede frustrar sus expectativas entre el votante independentista.

ERC estaría en este segundo bloque. Las declaraciones de Tardà o los silbidos que recibió Gabriel Rufián en el Congreso de tuitaires per la República lo ejemplifican, y es que los republicanos están realizando un viraje en su narrativa: con sus principales líderes políticos en la cárcel y en el exilio, ERC, que en su momento presionó a Carles Puigdemont para que declarara la independencia y no se desdijese de su compromiso, opta por una estrategia de destensar la cuerda y ensanchar la base del independentismo. Esto implica dos cosas: por un lado, una lectura realista sobre la incapacidad en el corto plazo de implementar la República Catalana y, por el otro, tener que tejer alianzas con actores no-independentistas para solidificar el discurso y ganar algunos votos nuevos para compensar la posible pérdida de votos independentistas. ERC, por lo tanto, quisiera una Diada lo más transversal posible, apelando más a la lucha contra la injusticia de los presos que al mismo deseo de independencia. Òmnium Cultural sería un agente satélite de esta estrategia.

Crida per la República juega la estrategia contraria; una dialéctica que genera confrontación que a la vez busca incidir en una estrategia legal de deslegitimación de las instituciones del estado español. Se trata de inflar el globo de la independencia con tanta presión como sea posible, en parte para llegar a las elecciones municipales y  llevarse por delante  la molesta propuesta de Jordi Graupera, que amenaza directamente  en robarles su electorado. Por lo tanto, la Diada, para la Crida, se sitúa como movilización permanente bajo el concepto de generar un “otoño caliente”. Estrategia arriesgada, considerando que esto puede complicar la vida a los presos y exiliados, y que los efectos reales de la misma no conducirán ni en el corto ni medio plazo, a materializar la República. Esto se empieza a notar: los CDR son el síntoma de la incapacidad de los partidos políticos independentistas de hacer frente a sus promesas. El ANC, agente satélite de este concreto universo,  aprieta a mantener este discurso desobediente.

El PDeCAT esconde la cabeza bajo el ala de Puigdemont. Si bien el gen convergente que radica dentro del partido no convive amablemente en los climas de tensión institucional, saben que la mejor estrategia electoral a estas alturas es aferrarse a la figura Puigdemont, extendida en el Presidente Torra. El concepto inglés  bandwagon , utilizado en relaciones internacionales, define perfectamente esta situación. El objetivo final de todo partido es su propia supervivencia. Esperarán, pues, a que vengan tiempos mejores y acompañarán, discreta y obedientemente, al president Torra en su cruzada.

La CUP transmite la sensación de vivir, desde hace tiempo, en un conflicto interno en medio de una densa niebla de invierno. Una lucha velada para reencontrarse con una identidad que, como la niebla, se escapa entre los dedos sin poder hacer demasiado. Pero en cambio, la Diada es una ocasión para reencontrarse con sus orígenes. La Esquerra Independentista es independentista desde el principio de los tiempos, antes de que Moisés separara el Nilo y que Rafael de Casanova hiciera sonar la trompeta de la libertad. En aquellos tiempos donde el apoyo para la independencia no llegaba al 15%, y la Diada era poco más que una bandera, unos castellers y cuatro gralles, diferentes agrupaciones de la Esquerra Independentista se reunían en el Fossar de les Moreres para reivindicar la independencia de Cataluña. Este año no será diferente y ya han anunciado que harán su propia Diada, comenzando desde Urquinaona una hora más tarde que a la hora programada por la ANC. No hay nada que una más que la nostalgia en la tradición.

Por último, una pequeña nota sobre el Presidente de Cataluña. Situado en medio de una placa tectónica, Quim Torra ha bailado, simultáneamente, sobre dos tablaos contrapuestos. Aunque le debe la carrera a Carles Puigdemont y su discurso, es consciente de que no se puede estar simultáneamente en misa y repicando. Es consciente. Pero no tiene alternativa. Por eso un día pide un referéndum a Pedro Sánchez, y al siguiente anuncia que el referéndum ya se ha celebrado. Por eso quisiera que la Diada fuera algo, pero también que fuera lo contrario. Porque cuando eres presidente de un gobierno, la sombra de la realpolitik es demasiado alargada como para escapar.

Entonces, ¿qué es el 11 de Septiembre para Cataluña? Pues casi podríamos decir que es un significante vacío. Como la libertad o la justicia. Es decir, que es todo lo que tú quieras que sea.

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