Una Barcelona invisible: Can Peguera (I)

Can Peguera ha quedado como una reliquia arqueológica de un pasado no tan lejano. En 2016 recibió protección patrimonial y, como en el resto de Barcelona, se censó su población, consistente en dos mil habitantes, verdaderos resistentes ninguneados hasta hace bien poco, con una tasa de pobreza de 53, la media estándar seria 100, algo por debajo del baremo de Nou Barris. El patito feo, despreciado por todos, ofrece una belleza inaudita y ojalá tenga en sus bases una resurrección.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Tras pasear por el barrio de Porta conozco muy bien la meta final de esta serie de paseos, pero para alcanzarla debo transitar, quiera o no, por l’avinguda del Doctor Pi i Molist, hombre cabal con gran deseo de generar una vanguardia catalana para la cura de las enfermedades mentales, algo logrado en 1889, cuando en la clausura del camino por donde caminamos se inauguró el Instituto Mental de la Santa Creu, durante decenios una casa de los horrores en toda regla hasta su defunción y reemplazo en forma de sede y biblioteca del distrito de Nou Barris.

Para este cambio radical debió transcurrir casi un siglo. Hasta 1914 el centro de nuestros pasos hasta nuevo aviso era, simple y llanamente, la carretera del manicomio. Cuando empezamos a subirla detectamos una bonita casa en la esquina del pasaje asimismo dedicado a Pi i Molist. Tiene un precioso reloj solar algo excéntrico, con sus marcas de las cuatro de la madrugada hasta el mediodía. Su lema es el cielo es mi regla y uno no debe ser un experto en arquitectura para deducir su condición de epígono Noucentista, tanto por la forma del inmueble como por su mismo elemento más emblemático, obra de Ferran Serra, especialista en esta materia a lo largo y ancho del Principado.

Si nos distraemos un poco en esta construcción es por el alud de amateurs con ínfulas, muchos de ellos entregados a la teoría de datar el inmueble en el siglo XVIII, quizá por el vicio de juzgar todo lo esgrafiado de ese período. Si analizaran los estilos se apercibirían de su error, pero con la moda de escribir de Barcelona a la brava cualquier advertencia es poca, un poco, valga la redundancia, como cuando hace unos años salías de copas y todo el mundo era fotógrafo o diseñador. ¡Qué tiempos aquellos!

En fin. Pi i Molist ha ganado hace un poco un polideportivo, eso sí, medio escondido y asombroso por su jardín vertical, sin duda otra inyección para mejorar el entorno pese a la crítica fácil de verlo inaugurado, tras varias protestas, en la inminencia de la cita electoral del pasado mayo, donde los socialistas recuperaron su habitual hegemonía en el Distrito.

Sin embargo, servidor ha llegado hasta este cruce para alcanzar Can Peguera, nombre de una antigua Masía caída en la amnesia colectiva, nadie del lugar puede acordarse de la misma tras haber acaecido casi un siglo tras su desaparición, y reemplazada en 1929 por uno de los cuatro polígonos de casas baratas surgidos por aquel entonces con el fin de despejar Montjuic de parajes incómodos para el prestigio de la ciudad y la visión de los asistentes a la Exposición Internacional organizada por la dictadura de Miguel Primo de Rivera.

La tetralogía de casas baratas, así se conocieron popularmente hasta hace bien poco, nació en parte mediante una ley de 1921 adaptada en 1924 para calmar a la cámara de la propiedad urbana, siempre al acecho por si se lesionaban los intereses de la entidad, tan amante de dificultar la vida al ciudadano de a pie. Lo curioso es remarcar cómo el Patronato de la Habitación siempre se consideró dueño de las viviendas, repartidas entre las cercanías de Santa Coloma, Can Tunis, el Bon Pastor y la frontera entre Horta y Sant Andreu, donde se ubica el grupo bautizado como Ramón Albó, sindicalista católico y secretario de la Junta Provincial de Protección a la Infancia y Represión de la Mendicidad, además de ser, ¡oh sorpresa!, vocal del Patronato de la Habitación y poseedor de muchos terrenos cercanos al polígono que le rendía honores.

Este fue posible gracias a la venta por parte de la marquesa de Castellvell de 113.462 metros cuadrados por un millón y medio de pesetas; se usaron ocho hectáreas para construir 534 viviendas de planta baja, una caserna de la guardia civil y una escuela nunca inaugurada.

La entrega de las viviendas se realizó de modo paulatino entre 1929 y 1931, diferenciándose así del Eduard Aunós, sito en Montjuic, más automático en todos los sentidos por un motivo bien simple. A los barraquistas de la montaña se les permitió elegir destino, y la gran mayoría optó por quedarse en lo viejo conocido. Quizá por eso nuestro protagonista sirvió para trasladar a muchos de los expropiados de otras zonas durante el primer Franquismo, como si fuera una especie de contenedor con capacidad de amalgamar una cierta heterogeneidad social.

La llegada de la Segunda República alteró su nombre, pasó a denominarse Giner de los Ríos, sin modificar la pertenencia de sus residentes, muy favorables al Anarquismo, predominante en la capital catalana

Como en estos artículos jugamos con una extensión limitada para comodidad de tus ojos perfilaré un poco más este breve semblante de Can Peguera. Durante los años franquistas Can Peguera dejó atrás los números en sus calles para adoptar un nomenclátor de pueblos leridanos, mientras sus distantes hermanos poligonales hicieron lo mismo con las otras tres provincias.

La vida en Ramón Albó fue algo más plácida que en Baró de Víver, Bon Pastor o Eduard Aunós, en parte debido a la proximidad con Horta, con cuyo núcleo central siempre hubo una indudable relación, como por el crecimiento de Nou Barris, factor fundamental y asimismo pernicioso, pues la escasa estatura de los domicilios topó con la monstruosidad de los bloques de pisos del passeig Urrutia, diferencia aún presente y demencial a nivel estético, además de ser la excusa perfecta para plantearse durante la década de los setenta el derribo del conjunto para elevar infames rascacielos.

Por suerte todo quedó en agua de borrajas y ahora mismo Can Peguera ha quedado como una reliquia arqueológica de un pasado no tan lejano. En 2016 recibió rango de protección patrimonial y, como en el resto de Barcelona, se censó su población, consistente en dos mil habitantes, verdaderos resistentes ninguneados hasta hace bien poco, con una tasa de pobreza de 53, la media estándar seria 100, algo por debajo del baremo de Nou Barris. El patito feo, despreciado por todos, ofrece una belleza inaudita y ojalá tenga en sus bases una resurrección.

Llego a su meollo tras veinte años de no haberlo pisado. Entonces era un chavalín con ganas de abarcar la totalidad con mi bicicleta. Ahora vuelo con los pies dotados de sentido crítico, y en Can Peguera abrazar el espacio y llenarlo de reflexión es una necesidad imperativa, la misma ignorada por los políticos, demasiado cómodos en sus despachos sin importar el color de sus siglas.

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