Nuevos zeppelines en el cielo de Barcelona

El detalle que llamó mi atención fue un zeppelín. Como ya era muy tarde y mi móvil es el peor fotógrafo del universo decidí volver una mañana para sacar bien la imagen

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Una noche terminé de trabajar. Para relajarme un poco siempre paseo unos minutos, perdiéndome cerca de la Sagrada Familia. Estaba Roger de Flor casi con Rosselló cuando, de repente, en el lado hacia el Hospital de Sant Pau, me fijé en un portal coronado con un friso rectangular. El detalle que llamó mi atención fue un zeppelín. Como ya era muy tarde y mi móvil es el peor fotógrafo del universo decidí volver una mañana para sacar bien la imagen.

Camino hacia quien sabe donde  y relaciono lo visto con una instantánea muy famosa la ciudad, donde el dirigible alemán sobrevolaba plaça de Catalunya durante la Exposición de 1929. El acto, repetido en tres ocasiones a lo largo de esos meses, se reproduce en un edificio racionalista de Sixte Illescas en el carrer Ortigosa, muy cerca de vía Laietana y plaça Urquinaona.

Por lo tanto descubrí una conmemoración. Su estilo era muy diverso, pero saber de la existencia de un homenaje me hizo sospechar que el bloque de pisos comprendido entre los números 250 y 252 debió construirse en una fecha entre finales de los años veinte y principio de los treinta del pasado siglo. Recordar la efeméride, grabarla en piedra, debía hacerse de inmediato, no tendría sentido plasmarla años después.

Me puse a buscar en el inevitable catastro y su referencia los data en 1920. Por simplicidad de líneas, ausencia decorativa y modestia de los balcones podía ser, pero también encajarían en el absoluto menos es más que sucedió al Noucentisme. Mi gozo permaneció en un pozo, y pospuse las pesquisas salvo cuando en la calle, muy de tanto en tanto, cavilaba sobre el zeppelín y sus acompañantes en el grupo escultórico; un colosal barco, una grúa prodigiosa, una torre eléctrica y el hilo del funicular. Estos dos últimos elementos podían remitir perfectamente a la muestra internacional del 29, dedicada a la industria eléctrica, la energía y el deporte, algo que suena a fascista sin serlo, pues la trilogía temática ya estaba en la mente de Cambó y los otros que iniciaron el proyecto en 1913, culminado durante la Dictadura de Primo de Rivera.

Este canto a la modernidad también se expresa al lado del que hasta ahora hemos observado. Su vecino ejecuta una melodía desatada de la velocidad con trenes y aviones muy futuristas, en este caso desde un sentido italiano, de Marinetti,Boccioni y compañía. El díptico es una adoración al progreso tecnológico y no desentonaría en su supuesto nacimiento cifrado en 1920.

Para solventar mis dudas debía ir a la hemeroteca, es decir, a la pantalla del ordenador, pues la digitalización de los periódicos de toda la vida es una bendición. Una noticia de finales de diciembre de 1924 nos ubica un albergue de San Antonio en el 250 de Roger de Flor. Así pues era posible posponer la fecha de construcción del inmueble con el zeppelín y sus aliados. En 1932 se traspasa una pollería y añade pervenir gran vivienda. Este catañol inesperado podría darnos una pista, como si en breve se ofrecería un edificio de novísima planta.

La confirmación, aunque se respeta mucho el error del catastro, puede hallarse en otra nota del 28 de agosto que reza lo siguiente: Casa Nueva. Pisos por alquilar, 5 habitaciones, baño, ascensor. 27 duros. Un almacén. Roger de Flor 250 252, junto Rosellón.

De este modo los frisos cobraban pleno sentido por cuestiones de una memoria reciente que exaltaba un tiempo de crecimiento y aceleración apenas transcurrido. El zeppelín en Barcelona, justo antes de la caída de la bolsa de Wall Street, es un poco como el hundimiento del Titanic antes del asesinato de Sarajevo. La elección de ese motivo era positiva, aquí aún no se vislumbraba el inminente desastre.

Para completar el rompecabezas me faltaba el autor de las piezas, sin firmar. Debía rizar el rizo y en una de mis caminatas paré en el edificio del colegio de Abogados, en Mallorca con Roger de Llúria. A este lado del palacio me fijé en otro friso con rasgos similares al nuestro. Informaba con una explicación demasiado retórica sobre las andanzas y gestas del almirante italiano de la Corona de Aragón.

Hoy he regresado para tomar una foto y aumentar la rúbrica. El artista, que tiene otra placa casi igual en el Poble Sec en pleitesía a Magallanes, es Ros Sabaté. La obra data de 1961, por lo que no podía ser nuestro hombre.

De Roger a Roger y tiro porque me toca. Gracias a tener un nombre pude acotar algo más la busca con enlaces entre otros escultores. El padre de Ros pertenecía al gremio y se llamaba Ros i Bofarull, nacido en 1906. Contrasté para ver si por un extraño misterio el progenitor y el hijo eran el mismo, uno a veces pierde la cabeza en estos juegos, y al recibir un no por respuesta cerré la carpeta imaginaria.

El creador del díptico es anónimo. Así siempre podremos fantasear con sus apellidos, el mejor origen de una historia. Al menos podemos consolarnos por haber dado al cielo un nuevo dirigible volador en Barcelona. Con toda seguridad no hay dos sin tres. Quizá me equivoque. Un día os hablaré de demonios.

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