“Es muy peligroso tener a políticos y medios jugando al odio, al resentimiento, a agrandar las diferencias y la incomprensión”

David Jiménez explica en 'El Director' su experiencia como responsable de 'El Mundo'. El libro denuncia las malas prácticas de la prensa y el periodismo. Cree que en "Catalunya no hay el ambiente para hacer un periodismo independiente que no sea de trincheras, de unos y otros"

Siscu Baiges
 
 
 
David Jiménez, durant l'entrevista | Pol Rius

David Jiménez, durant l'entrevista | Pol Rius

No es su primer libro pero sí el que ha subido más rápido en ventas. Se titula “El director. Secretos e intrigas de la prensa narrados por el ex-director de El Mundo”. Explica sus vivencias en los trece meses en que se responsabilizó de dirigir el diario al que había llegado a los 23 años como becario. Nacido en Barcelona en 1971, sus libros anteriores se basaban en sus experiencias y conocimientos durante los años en que fue corresponsal o enviado especial de ese medio a Afganistán, Pakistán, Corea del Norte, Filipinas o Japón, donde vivió e informó en primera fila del accidente nuclear y el tsunami que sufrió Fukushima.

Lo echaron de la dirección del diario en mayo de 2016 porque no se plegó a los intereses de los propietarios del diario que, tal y como explica en ‘El director’ (‘Libros del KO’ en castellano y ‘Navona’ en catalán), ponían sus intereses políticos y económicos por delante de la independencia del medio.

¿Le pasó por la cabeza alguna vez cuando decidió ser periodista que llegaría a ser director de El Mundo?

No. Siempre me vi como reportero. En la Facultad lo que quería era ir a cubrir grandes historias, conocer gente fascinante, vivir la aventura del periodismo. No se me pasó por la cabeza que algún día alguien podría sacarme de este mundo para hacer un periodismo más de oficina, más de despacho. Ni me apetecía ni pensé que a nadie se le ocurriera ofrecermelo.

¿Qué pensó cuando se lo ofrecieron?

Estaba en la Fundación Harvard haciendo una beca Nieman. Conducía por la carretera, con mis hijos en el coche, y un amigo que trabajaba en el diario me llamó para decirme que estaban pensando en mí como director. Faltó poco para que me estrellara. Me sorprendió mucho. La idea inicial era que me quedaría en Estados Unidos de corresponsal. Ya estaba buscando si me quedaba en Washington, Nueva York,… Pocos días después los directivos de la empresa volaron a Estados Unidos para convencerme.

Si pudiera dar marcha atrás y la historia se repitiera, ¿volvería a aceptar la oferta?

Sigo pensando que fue una decisión temeraria, hecha sin haber calculado a quien llevaban realmente. Me imagino que pensaban que sería más manejable de lo que fui y que, probablemente, se han arrepentido de haberme elegido, pero yo no me he arrepentido de haber intentado hacer un diario mejor y de haber defendido su integridad durante el año que fui director.

¿Quién sugirió su nombre?

En un momento dado, Antonio Fernández Galeano había decidido desprenderse de Casimiro García-Abadillo. Yo había comido con él alguna vez y nos habíamos visto dos o tres veces como máximo en los 18 años anteriores. Debía tener una buena impresión de mí y, tal y como me lo han explicado, en una reunión donde estaba viendo opciones dijo “¿Y David Jiménez?”. Era un corresponsal conocido en el diario, estaba en Harvard… Y la respuesta de la persona con la que hablaba, que es este amigo que me llamó a Estados Unidos, fue: “Es una muy buena idea”. Ahora no dirían lo mismo.

¿Qué fue más temerario? ¿Aceptar la dirección de El Mundo o escribir ‘El director’?

No tenía opción en ninguna de las dos. No podía decir que no a la oportunidad de dirigir El Mundo, un diario donde había comenzado de becario y llevaba veinte años trabajando y no podía dejar de contar lo que viví durante ese año porque habría sido renunciar a lo que soy, un periodista. No puedes tener una gran historia, ser testigo de todo lo que se explica en ‘El director’ y guardártelo el resto de tu vida en un cajón.

Hay muy pocos precedentes de ex-directores de periódicos que escriban un libro así

Porque la gente está pensando más en su próximo puesto de trabajo y cómo le va a perjudicar si cuenta lo que ha visto. Yo tengo varias ventajas. Una, que me lo puedo permitir. Otra, que no tengo ningún interés en volver a trabajar para gente que no respete mi libertad de expresión. He visto el libro como un servicio a mi diario de toda la vida y al periodismo. Después de veinte años como corresponsal, de haber cubierto conflictos, de haber estado en situaciones difíciles me parecía que para sentirme periodista tenía que escribir este libro.

Seguro que la publicación del libro le ha cerrado puertas y le ha generado problemas y enemistades. ¿Tantas como para pensar en dejar el periodismo y dedicarse a otra cosa?

Será difícil que alguien consiga extirparme la pasión por el periodismo. ¡Y mira que lo han intentado! Escribir este libro te puede traer consecuencias de todo tipo. Desde demandas costosas de defender a vetos que estamos sufriendo ya. Hay muchos medios de comunicación que no quieren saber nada ni del libro ni de mí. Probablemente limitan mis opciones profesionales para el futuro pero se abren otras. Por ejemplo, escribiendo más libros aprovechando que éste está en la quinta edición en sólo dos meses. Si escribir el libro es una inmolación personal menos tengo la satisfacción que ha ido bien y está llegando a mucha gente.

David Jiménez, durant l’entrevista | Pol Rius

¿En el próximo libro también ocultará algunos personajes detrás de apodos? En algunos casos hay que hacer un esfuerzo para saber quién está detrás cada uno de estos motes

Los empresarios, políticos, miembros de la Monarquía, periodistas… todos salen con nombres y apellidos. Los únicos que salen con motes son los que todavía trabajan en El Mundo. Creo que no hay un libro sobre la corrupción del poder en este país que tenga tantos nombres y tan conocidos de gente tan importante.

Los estudiantes de Periodismo que vean las tensiones y los codazos que hay en la redacción del diario tal y como describe en el libro se pueden asustar un poco

Es curioso que haya dedicado el libro a los futuros periodistas y luego describa un oficio tan difícil. Las redacciones son ambientes muy hostiles, donde hay mucha rivalidad y mucho ego, que es uno de los grandes males del periodismo. Es mejor que si uno escoge Periodismo vaya con un golpe de realidad y que sepa que no va a Disneylandia. A los que mantengan la vocación les puede ser útil leer un libro como ‘El director’ e ir mejor preparados a lo que se van a encontrar. Me estoy encontrando que a muchos les inspira el libro y les inspira a querer hacer las cosas diferentes y cambiar.

Es verdad que están en una precariedad que se lo pone difícil y este es uno de los grandes problemas. Mi generación y la que está por encima de mi ha taponado el talento que venía por debajo. La casta periodística existe. Es muy parecida a la política y quiere preservar sus privilegios. Hay lo que yo llamo ‘los nobles’ en el libro, que han hecho daño a sus medios de comunicación porque en vez de mirar por la información y su medio muchas veces miran sólo por su interés personal.

¿Qué es más duro: estar en medio de un tsunami o sentarse en la silla del director de un diario?

Lo he pasado peor como director que en ninguna de las coberturas que hice en tantos conflictos, tsunamis y revueltas. Por dos razones. Una, que cuando eres joven y estás cubriendo una guerra tienes el convencimiento de que nada malo te puede pasar nada malo a ti. Vas cogiendo más miedo a medida que te vas haciendo mayor. Y luego porque las encrucijadas morales a las que te enfrentas como director son mucho mayores.

Cuando estás de reportero, por ejemplo en Afganistán, uno de los países que me tocó cubrir, las consecuencias de lo que hagas las vas a pagar tú. En cambio, cuando estás de director de El Mundo y trescientas personas, sus empleos y sus familias, dependen de ti, sientes un peso muy fuerte de que las decisiones que vas a tomar les pueden afectar, sobre todo en un momento de crisis económica y de los medios tan fuerte donde los periódicos han estado al borde del precipicio. Tienes la responsabilidad de que el periódico no se caiga y mantenerlo vivo. Se pasa mal.

Ha perdido muchos amigos y se ha ganado muchos enemigos, seguro, publicando ‘El director’

Los amigos que he podido perder no lo eran de verdad porque si alguien no puede entender que escriba una historia personal cierta sobre el año que viví como director de El Mundo quizás no era tan amigo. Luego hay periodistas que se han molestado porque salen mencionados y lo entiendo perfectamente. Otros han cogido distancia como si de repente fuera inconveniente estar cerca de la oveja negra que denuncia lo que va mal en el oficio.

Todo esto me parece comprensible. A cambio, tienes muchísimos otros periodistas que te felicitan por haber contado lo que habíamos hablado en corrillos y en privado durante tanto tiempo y nadie había contado. Y también muestras de afecto de gente que no tiene nada que ver con el mundo del periodismo y que te da las gracias por haberlo escrito. Su éxito en ventas demuestra que había mucha gente con ganas de saber cómo funciona nuestro oficio por dentro.

¿Se lo enseñó a alguien antes de publicarlo?

Sí. A varias personas. Las reacciones que tuve fueron muy variadas pero hay una que me llamó mucho la atención. Era una persona que había trabajado más de veinte años en El Mundo y que me dijo que le había gustado el libro, que estaba muy bien escrito y que su recomendación era que no lo publicara. Le dije que ya era un poco tarde para eso. Y me dijo que no me traería nada bueno, que era un libro que me iba a perjudicar personalmente y profesionalmente. Es un buen amigo y a los amigos se les debe hacer caso sólo de vez en cuando. Creo que estaba equivocado. El libro era necesario. Si trae cosas negativas, esto es el periodismo, una profesión vocacional donde a veces tienes que tomar decisiones aún sabiendo que saldrás perjudicado. Si no entiendes el periodismo así hay otros miles de profesiones mucho más fáciles que no te ponen en esta situación.

Supongo que cuando le proponen ser director de El Mundo ya se imaginaba que iba a sufrir presiones de anunciantes, accionistas, políticos… ¿Fueron como esperaba?

No al punto que vi. A pesar de ser corresponsal muy lejos de la redacción yo hablaba con mis compañeros y me llegaba como se ejerce el periodismo. Sabía que había presiones de políticos y empresarios pero no imaginé que fueran tan burdas, tan sistemáticas, y que fueran parte de un sistema de ataduras de la prensa con el poder político y económico que comprometía tanto la independencia del periodismo. Sí que se produjo un choque entre el reportero, el corresponsal que lleva muchos años fuera y que, de repente, se da de bruces con la realidad y, en cierto modo, el periodismo romántico que ha vivido no es el que se encuentra cuando se mete en el mundo de los despachos, las intrigas, la política y la relación con la empresa.

¿Quién mandaba más en El Mundo? ¿El director, los anunciantes, el gobierno del PP, los accionistas del periódico?

En el año que fui director de El Mundo mandé yo. De hecho, mi lucha fue por mantener el control editorial del periódico en contra de mucha gente que trataba de hacerlo por mí. Esto es excepcional. Yo duré un año. Los que llegan a estos puestos saben que si defienden su independencia y su integridad de esta manera lo más probable es que su carrera como director no dure mucho. Por ello, la mayoría optan por adaptarse al sistema y entrar en el juego de favores e intereses que existen en España.

David Jiménez, durant l’entrevista | Pol Rius

Su sucesor, Pedro García Cuartango, tampoco duró mucho tiempo como director de El Mundo

Por las mismas razones. Era un periodista íntegro que, entre otras cosas, se negó a paralizar informaciones del Fútbol Leaks que afectaban a Cristiano Ronaldo y que habían enfurecido a Florentino Pérez. El Mundo perdió a cuatro directores en un tiempo record de tres años y medio y eso fue parte de una operación para domesticar un diario que, con todos sus errores, había sido muy combativo con los diferentes poderes.

Uno de estos errores, quizás el más grande, fue la insistencia en negar que los atentados del 11M en Madrid los cometió Al Qaeda. ¿Cómo lo vivió cuando llegó a la dirección del diario?

Es la gran pifia periodística de El Mundo en su historia. Es un periódico que hizo cosas muy bien hechas, que denunció el terrorismo de Estado, que denunció la corrupción del PSOE en los años de Felipe González, que publicó las primeras informaciones relevantes sobre el caso Urdangarín, los mensajes de Rajoy a Bárcenas, pero que también cometió excesos y errores. Y el mayor fue mantener durante años que existía una conspiración en torno al 11M publicando informaciones que no tenían el suficiente rigor. Esta es una mancha que le ha costado mucho limpiar y que, de hecho, todavía pesa mucho en la imagen que la gente tiene del periódico. Lo mejor sería que el periódico pidiera perdón por aquellas informaciones, aprovechando, por ejemplo, un aniversario de los atentados. Que dijera simplemente “Nos hemos equivocado”.

¿Quién debería hacerlo?

Creo que lo tiene que hacer el director que publicó aquellas historias. Yo puedo denunciar en el libro o resaltar que nos equivocamos pero esto no tendrá un valor importante hasta que no lo haga el director que estaba al cargo y ordenó aquellas investigaciones. Probablemente él estaba convencido de que estaba contando la verdad pero los hechos nos han desmentido.

¿Como se explica que pueda existir un personaje como el comisario José Manuel Villarejo?

No me lo explico. Me parece surrealista que la seguridad del Estado de un país europeo, occidental y supuestamente democrático haya estado en manos de un personaje con una integridad y una ética tan deplorables, alguien que monta una policía paralela con el dinero que pagamos todos los españoles en impuestos, contamina los medios de comunicación para destruir a los adversarios del gobierno y del Partido Popular. Estamos hablando de un escándalo que en cualquier otro país sería equivalente al Watergate en Estados Unidos. Y aquí ha pasado de puntillas. Dice mucho de cómo de engrasado está el sistema y de la cantidad de gente que está interesada en este país en que no se sepan las cosas de Villarejo.

Pero fue gracias a sus maniobras y malas artes que consiguió la captura de pantalla en un banco de Andorra que obligó a Jordi Pujol a confesar que había tenido dinero en el extranjero escondidos a Hacienda durante muchos años

Villarejo ha vivido de la información. Sobre Pujol y sobre todo el mundo. Cuatrocientos dossiers de la gente más importante de su país estaban en sus manos. Era una información con la que traficaba, según estamos viendo los autos judiciales. Era una fuente importante de El Mundo, de otros periódicos y de muchos periodistas de este país. Mezclaba informaciones que eran ciertas con otras que estaban contaminadas o fabricadas. Ahí es donde muchos periodistas y medios no hicieron el trabajo de contrastar, de distinguir, de verificar estas informaciones que venían de las llamadas ‘cloacas del Estado’.

Usted rompió las relaciones de El Mundo con él

Rompí la relación del diario con las cloacas y con Villarejo dos años antes de que fuera detenido. No me gustaba ni el personaje ni la manera en que se trabajaba con su información. El problema no era que él fuera una fuente. Los periodistas siempre van a tener fuentes en los ‘bajos fondos’. No va a ser Teresa de Calcuta tu fuente para contar grandes casos de corrupción. El problema es si una vez esta fuente te ha hecho una filtración pasas a hacer periodismo de investigación o no. Publicas simplemente lo que te han entregado, que es lo que se ha hecho en la prensa española durante mucho tiempo, o utilizas esta información para comenzar una investigación que te lleve a contrastar lo que te están intentando colar. Este es el gran déficit que ha tenido el periodismo en España. Se ha confundido el periodismo de filtración con el periodismo de investigación.

Hay periodistas que han jugado fuerte la carta de este periodismo de filtración y sin contrastar las informaciones. En ocasiones se puede interpretar que han actuado de forma delictiva pero no hay periodistas en prisión por actuar así

El periodismo no tiene porque ser inmune ni a la ley, ni a la crítica, ni a la denuncia de su corrupción, que también la tiene. En ‘El director’ se habla de esta corrupción, del periodismo de chantaje, de las alcantarillas, de las prebendas, … Tenemos que responder como cualquier otro ciudadano. El periodismo ha permanecido bajo una ley del silencio. Nosotros mismos hemos ocultado lo que iba mal en nuestro oficio. Es hora de que cambiemos y de que no sólo denunciemos lo que pasa sino que ayudemos a la justicia a encontrar las manzanas podridas, que estoy convencido de que las hay, y si alguien acaba en la cárcel por haber cometido delitos …

No hay ninguno

Quizás los jueces no están muy por la labor de investigar el periodismo. Hay un déficit. Están más en la investigación de la corrupción en el mundo empresarial y político. En el periodismo hay muchos de los defectos de la política y la empresa y por poco que rasque un juez diligente encontrará cosas muy interesantes sobre su utilización por el chantaje, la intimidación o la destrucción de personas.

Hay dice ‘periodismo de trabuco’

Se ha extendido en España y son demasiados los medios que viven de amenazar empresas e instituciones con publicar informaciones negativas si no reciben una cantidad determinada de dinero. Es un capítulo que en el libro se llama ‘La cosa nostra’ por alguna razón.

En el libro también habla de medios que se presentan como puros pero que no lo son tanto

El sistema está tan contaminado que es muy difícil, incluso para aquellos que quieren realmente librarse de los intereses y las ataduras al poder, ejercer un periodismo absolutamente independiente en el país. El terreno de juego está amañado pero hay gente intentándolo.

David Jiménez, durant l’entrevista | Pol Rius

Nació en Barcelona, ​​frecuenta Catalunya… ¿Se vería con ánimos de dirigir un diario catalán?

No. Primero que nadie cometería semejante temeridad. En Catalunya no hay el ambiente para hacer un periodismo independiente que no sea de trincheras, de unos y otros. Es absolutamente difícil pero quizás por eso precisamente sería necesario que surjan medios que lo intenten. Pero no creo que yo sea la mejor persona para hacerlo.

¿Cómo vive el debate político y social catalán?

Con mucha desazón y preocupación, no sólo porque nací aquí, viví mi infancia aquí y tengo grandes amigos sino porque cuando una sociedad se fractura, como ha pasado aquí, nada bueno puede ocurrir. Me da mucha pena ver que los propios medios de comunicación hemos contribuido a que la brecha en vez de acortarse se haya agrandado. Y me da la sensación de que hemos cruzado una frontera, que ya no se puede dialogar. Hay que recuperar el diálogo. Estamos yendo peligrosamente hacia aquel punto en el que aquel que piensa diferente de mí es mi enemigo. Yo, que he cubierto conflictos civiles en muchos países y que he visto lo que el odio puede hacer en una sociedad, lo veo con mucha desazón.

No estoy diciendo que esto vaya a pasar en Catalunya. Lo que estoy diciendo que es muy peligroso tener a políticos y medios de comunicación jugando al odio, al resentimiento, a agrandar las diferencias y la incomprensión. Todo el mundo puede legítimamente estar a favor o en contra de la independencia pero en el momento que la intolerancia te hace deslegitimar completamente la posición del otro y pasas al planopersonal has cruzado una línea que envenena una sociedad. Espero que esto lo podamos reparar en Catalunya.

A muchos medios les resulta más rentable envenenar las relaciones porque así obtienen más seguidores

Eso es un problema: tener una prensa tan definida, tan de trincheras, donde las posiciones son absolutamente blanco o negro y se alimenta el enfado de la gente hacia el otro, porque es rentable, porque te puede traer más lectores y pegarlos más a tu periodismo. Nosotros, los periodistas no fabricamos lavadoras, fabricamos información para que la gente pueda tomar decisiones basadas en hechos. En el momento en que rompemos esa confianza con la gente contribuimos a desinformar, a la ignorancia, al sectarismo. Esa no es la función del periodismo. Es justo la contraria.

¿De las 366 portadas de ‘El Mundo’ que hizo como director, con cual se quedaría?

Publicamos en la muerte de Aylan, el niño sirio refugiado, la foto de mayor tamaño en la historia del periódico. Eran las dos terceras partes de la portada y no llevaba título porque no hacía falta decir absolutamente nada más del drama de los refugiados. Publicamos exclusivas que tumbaron a un ministro como Soria, del PP, y grandes reportajes de nuestros periodistas pero le tengo un cariño triste a aquella portada de Aylan. A la vez que fue uno de nuestras mejores portadas me da rabia que la reacción inmediata de compasión hacia aquel niño fuera tan pasajera y que poco después se olvidara. Quizás debíamos hacer más portadas como aquella.

Ahora esta portada la ocuparían el padre y la hija ahogados en el río Bravo, en la frontera entre Estados Unidos y México

¿Pero cuanto nos dura la compasión, el interés? ¿El periodismo está sirviendo realmente para combatir la indiferencia ante los grandes problemas del mundo, de la sociedad? Ya sé que es una visión romántica y que hay gente que pensará que es ingenua pero el periodismo debe contribuir a eso, a explicar y a poner a la gente en la situación de otros. Es lo que intenté como corresponsal. Estaba en países a diez mil kilómetros de distancia y lo que quería es que la gente se sintiera cercana a los problemas que estaba contando. Ese día lo conseguimos. Gracias a aquella foto hubo una reacción de líderes europeos, promesas, solidaridad en todos los ámbitos. Y deberíamos preguntarnos porque aquello fue tan pasajero y dio lugar después a una gran indiferencia.

¿Cuál fue para usted el momento más duro, más desagradable, como director del periódico?

El momento en el que tuve que comunicar a dos compañeros que, después de muchos años de servicio en el periódico, iban a ser despedidos. Me emocionó, me dolió enormemente y aún lo llevo dentro. Además, era una decisión que, además, no era mía sino que venía impuesta por los accionistas italianos. Y no había ninguna razón para que, mientras nuestros directivos se llenaban los bolsillos de bonus y grandes salarios, periodistas que habían dedicado su vida al periódico del tuvieran que abandonar.

Estos compañeros seguro que se han recolocado

Cada uno ha tomado su camino y tienen trabajos diferentes pero había un grado de injusticia en que los platos rotos de la crisis que habían provocado los directivos de los medios los terminara pagando la redacción. Ningún director quiere nunca tener que prescindir de gente que, cuando llevas tantos años trabajando para un periódico, es siempre cercana porque has compartido muchas cosas con ellos.

¿Y el mejor momento?

No puedo decir que hubiera muchísimos pero cada vez que publicábamos una historia que fue relevante para la gente o que mejoró la vida de gente fue un momento bueno. Desde la historia que vimos publicar del suicidio de un niño de once años por bullying que generó un 70% de aumento de las denuncias por bullying en las escuelas del país hasta exclusivas como las cuentas que el ministro Soria tenía en Jersey y que descubrían que llevaba días mintiendo sobre su no implicación en paraísos fiscales. Son dos ejemplos de historias de servicio público y cuando consigues llevar eso a una portada y que tenga un efecto -un aumento de las denuncias de bullying o la dimisión forzada de un ministro que no merecía este cargo- te puedes sentir orgulloso y que estás haciendo el trabajo que te encargaron.

¿El papel está muerto?

Está en la UVI. Y con un porcentaje de supervivencia escaso. Puede sobrevivir como un nicho minoritario pero la parte importante del negocio periodístico no va a estar en el papel. Estará en el digital. Es una evidencia que sorprende que todavía haya gente en las redacciones que lo niegue.

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