“El feminismo es la mejor opción contra el fascismo porque sabemos transformar cicatrices históricas en lucha colectiva”

Ante el auge de la extrema derecha, hablamos con la activista de origen turco Özgür Günes, que afirma que la escuela de lucha histórica y transversal de las mujeres por la igualdad y la supervivencia es la única opción para hacer frente al fascismo

Marta Curull
 
 
 
Özgür Günes | UDL

Özgür Günes | UDL

La influencia y la presencia del feminismo como herramienta política y reivindicación social cada día es más firme. Probablemente serían muchos los que pondrían el 8 de marzo de 2018 como punto de inflexión y, desde entonces, las voces de las mujeres y las luchas feministas han sido más escuchadas y observadas que nunca. Para bien y para mal. Son muchas las formaciones políticas que se han hecho suyas las proclamas violetas, pero también muchos los grupos de extrema derecha que han usado el feminismo como una diana común contra la que dirigir sus ataques y a través de la cual erigir una comunidad.

El rechazo al feminismo es eje de muchas formaciones ultras que están resurgiendo en Europa y que, en las últimas elecciones generales, entraron en el Congreso del estado español con 24 escaños. Si bien las mujeres no son las únicas receptoras de este odio, son muchas las voces que contemplan el feminismo como la lucha transversal más capaz para hacer frente a un fascismo creciente.

Poner los cuidados en el centro, buscar la igualdad y luchar contra la violencia son postulados que, según la activista feminista Özgür Günes, hacen del feminismo la mejor opción contra la extrema derecha. Esta socióloga de origen turco es una firme defensora de que la lucha contra el fascismo no puede ser si no es feminista. Y que esta debe ser, a su vez, anticapitalista y antirracista.

¿Por qué el feminismo es la mejor opción para luchar contra el fascismo?

El feminismo, al menos en el contexto catalán y del estado español, es la única opción para luchar contra todas aquellas opresiones y mecanismos de violencia que reproduce el sistema capitalista y patriarcal. Esto es porque las mujeres tenemos una memoria de cicatrices políticas y sociales que ya hemos llegado a convertir en poder para la lucha y la organización colectiva. Es esta resistencia contra la violencia patriarcal la que genera los discursos de odio y rechazo hacia las mujeres y su lucha.

¿Qué estrategias concretas tiene?

Como las mujeres somos más de la mitad de la población, esto nos hace presentes en todas las discriminaciones, ya sea por origen, religión, género o identidad sexual. Y por eso, no hay ningún movimiento que tenga la misma capacidad que el feminismo de hacerlo y presente con un discurso tan potente en la lucha contra estas violencias.

Somos capaces de politizar nuestra historia de sufrimiento y daños colectivos que hemos sufrido y sufrimos. Somos el movimiento con mayor capacidad de convertir esto en lucha y reivindicación. El feminismo, como movimiento global, es el que tiene más herramientas para reaccionar ante cualquier discurso fascista. Porque tenemos claro, desde siempre y por necesidad, que si nos tocan a una, nos tocan a todas. Esta experiencia vivencial nos hace muy fuertes.

Esto se ve en luchas como la antirracista o en favor de los refugiados, que se dan en contextos que las mujeres conocemos perfectamente. Y quien hace estas luchas, lo hace desde posturas anticoloniales, feministas y anticapitalistas muy claras. Y todo ello se retroalimenta, porque si una lucha anticapitalista no es feminista, no es anticapitalista del todo.

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La extrema derecha es claramente antifeminista. ¿Es esto una respuesta a este poder que han ido construyendo las mujeres, convirtiéndose en un agente poderoso?

Tanto las luchas como los mecanismos de opresión se transforman a lo largo de la historia. Ni el fascismo ni el feminismo usan las mismas herramientas ahora que hace unos años. Hoy, los discursos de la derecha, del poder capitalista y de los grupos extremistas se apropian, de alguna manera, de la lucha feminista porque ven claramente que es la expresión de un poder acumulado a lo largo de la historia que no se quedará callado ni encerrado en el espacio que estas élites determinan para las mujeres.

Intentarán, pues, apolititzar el discurso feminista e intentarán hacerse suyo cualquier discurso transgresor. Y si no pueden hacerlo porque no se lo permitimos, nos atacarán con toda la fuerza y ​​el poder.

¿Que el feminismo sea la lucha a través de la cual hacer frente al fascismo es porque es totalmente opuesto, de manera transversal, a las ideas fascistas?

No es exactamente así, porque dentro del feminismo también hay postulados diferenciados y desde este feminismo anticapitalista hacemos muchas críticas al feminismo liberal o blanco. Y estas críticas parten, precisamente, de la base de que el feminismo es un movimiento que tiene la necesidad (más que la praxis) de captar y luchar contra diversas violencias. Un feminismo que no es antirracista no puede ser fuerte.

Por ello, el feminismo problematiza constantemente, porque para las mujeres se trata de una lucha directamente por la supervivencia. Siempre hemos rechazado los privilegios acumulados de ciertos sectores de la sociedad.

La extrema derecha está orquestada por unos actores que quieren mantener sus privilegios. A pesar de ello, consiguen votos de la clase trabajadora.

Partimos de la base de mi condición de feminista marxista, desde la que concibo la clase como una relación social que está en constante conflicto. Dicho esto, creo que es muy complejo intentar entender por qué las relaciones de clase en el capitalismo llevan a las personas de la clase obrera a optar por la extrema derecha.

Fijarnos en la conciencia de clase y la capacidad de partidos, sindicatos o movimientos de organizar y concienciar a los obreros nos llevaría a un análisis totalmente erróneo, porque el voto obrero a la extrema derecha no surge de una falta de conciencia ni se puede revertir concienciando a las masas. Y es que la clase obrera no es un conjunto de personas que trabajan, sino un conjunto de personas que se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo en un mercado. Es una relación medidad por una lógica mercantil.

Por tanto, las violencias y opresiones que vivimos como trabajadoras están disfrazadas y no las percibimos con toda su virulencia, por lo que es más fácil derivar el punto de atención de la víctima, no hacia la violencia en sí, sino hacia a un hipotético culpable inventado.

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