Armand de Fluvià, una reivindicación del arco iris en tiempo en blanco y negro

Armand de Fluvià es una de las caras más reconocidas del activismo homosexual durante los últimos años del franquismo. Entre la amenaza de la temida Ley de Peligrosidad Social y la represión social y policial, editó revistas clandestinas y fue uno de los precursores de la primera marcha del día del orgullo en Barcelona, ​​en 1977

Sandra Vicente
 
 
 
Armand de Fluvia | Sandra Vicente

Armand de Fluvia | Sandra Vicente

Armand de Fluvià (17 de octubre de 1931) descansa en el sillón, encajado en una esquina de la sala, que hace función de despacho y que da la bienvenida a uno de esos pisos señoriales del Eixample de Barcelona. Una luz amarillenta baña la escena y perfila su rostro, agudizando la sensación de viaje a tiempos pasados, mientras de Fluvià echa la vista atrás, recordando su juventud como activista y precursor del movimiento gay en Barcelona durante los últimos años del Franquismo.

“Nos reuníamos en casas particulares, clandestinas. Esta era una de ellas”, relata el veterano, paseando la mirada por la sala de la casa, la misma en la que nació, creció y compartió con su madre hasta su muerte. Los hombres, miembros del MEHL (Movimiento Español de Liberación Homosexual) primero y del FAGC (Frente de Liberación Gay de Catalunya) después, entraban y salían de esta sede escondida para organizar publicaciones, acciones y, en definitiva, la resistencia homosexual.

“En ese momento, ser gay significaba vivir con pánico. Es imposible de transmitir ahora”, relata de Fluvià. El régimen se encargaba, dice, de hacer que muchos gays creyeran que “hacían cosas malas, por eso muchos se casaban o se suicidaban”. Y es que ser descubierto como gay no dirigía sólo hacia un posible rechazo social. “Éramos considerados peligrosos, pervertidores de menores. Se pensaban que íbamos detrás de los niños para darles por culo. Se ve que esto es lo que nos gustaba”, ironiza. Para la medicina eran “enfermos”, para la iglesia, “los peores pecadores” y para la sociedad “lo más horrible que un hombre podía ser. Éramos mujercitas”.

Este rechazo social tomó forma legal en 1970 con la Ley de Peligrosidad Social, que planteaba la rehabilitación de los homosexuales. Es en este momento que Armand de Fluvià toma la iniciativa y se convirtió en uno de los impulsores del MEHL, que llegó a contar con unos 50 miembros durante los primeros años. Las acciones del Movimiento debían ser contundentes, pero discretas vez: las cartas sin firmar eran una de las vías de la resistencia, ya que cualquier muestra de organización pública tendría consecuencias penales.

Así que, sin abandonar el escudo y el anonimato del papel, optaron por la provocación. Se coordinaron con el director de una revista gay parisina para que enviara a todos los procuradores de Las Cortes franquistas progaganda sobre homosexualidad y ley. “Queríamos que se supiera que franquistas debatían sobre unos panfletos que una organización homosexual francesa les había enviado”. Con acciones como estas, se consiguió que los homosexuales per se no fueran considerados un peligro público. Sólo lo eran si “cometían actos de homosexualidad”.

Rehabilitación, exilio y electrochoques

Un beso ante una vecina cotilla costaba una denuncia a la policía. Armand nunca fue pillado; no fue nunca abiertamente gay ante su familia, pero tampoco se ocultaba. “Yo no tenía una madre chismosa que me revolviera las cosas, así que, para no tener que decirle directamente, dejaba mis revistas para que las viera”. Pícaro, cree que su madre sabía de su orientación sexual, “porque llevaba a mis flirts aquí …”. Nunca, sin embargo, no le dijo nada, recuerda admitiendo la suerte que tuvo, “sólo me recomendó que vigilara con mis amistades y a quién le contaba”.

Pero Armand, a pesar de las precauciones indispensables, nunca ocultó quién era: “no te tienes que avergonzar. Si sabes que no estás enfermo, di quien eres. Cuando me llamaban ‘maricón’, yo contestaba que sí lo era. Y cuando me respondían ‘vete a tomar por el culo’ yo hacía ‘¡vamos!”, explica, entre risas. Pero estos recuerdos que ahora se pasean divertidos por su memoria, en los años 70 lo podrían haberle llevado a prisión o a los temidos centros de rehabilitación de Huelva o Badajoz.

El diseño de la terapia de rehabilitación se diferenciaba según si se era gay de nacimiento o por vicio. Los primeros eran “las locas, las afeminadas. Los otros simplemente es que no tenían suficiente con las mujeres”. Después del diagnóstico, venían entre uno y seis años de charlas con sacerdotes, psiquiatras, o electrochoques entre fotos de mujeres y hombres desnudos. La rehabilitación, recuerda de Fluvià, se hacía en campos de trabajo. “Era como lo que decían los nazis de que ‘el trabajo os hará libres’. Pues a nosotros nos tenía que hacer ‘normales'”. Una vez se podía convencer al jurado de que “ya estabas bien”, venía la segunda medida: el destierro. “Lejos de la familia, de donde tenías el trabajo, había pocas posibilidades de supervivencia, así que muchos acababan delinquiendo irremediablemente”.

De una revista clandestina a la cabecera del Pride

Mientras muchos compañeros se iban a ‘rehabilitarse’ y los otros aún no volvían, nació la revista Boys, editada con una multicopista comprada con nombre falso que se guardaba en la carbonera de casa de Armand. Los textos se hacían en la fábrica del padre de un amigo, Francesc, que tenía una máquina de escribir. “Me temblaban las piernas con el primer número: a partir de ese momento ya éramos delincuentes”. Aquella fue la primera de 18 entregas que fueron enviadas a París desde Perpignan, donde llegaban con el coche lleno de revistas.

Pero esta clandestinidad terminó con la muerte de Franco. El MEHL se disolvió y nació el Frente de Liberación Gay de Cataluña (FAGC), formado por militantes comunistas, independentistas, anarquistas, liberales o socialistas. “Toda esta mezcla de señores, fuimos los que conseguimos montar la primera manifestación del orgullo en Barcelona”, en 1977. Fue una marcha para reclamar la abolición de la ley de peligrosidad que terminó a golpes y fuertes cargas por parte de la policía. “Se nos juntó mucha gente en aquella manifestación, muchos heterosexuales que nos apoyaban, y ¡la policía se debía escandalizar pensando que toda aquella gente que bajaba las Ramblas eran gays!”.

Pero Armand no estaba ese día en Barcelona. Él estaba en Nueva York, como secretario general del FAGC, “manifestándome con la bandera catalana”. Se le nota la añoranza, recordando desde la distancia aquella primera victoria en democracia de los gays catalanes. “Todos los periódicos de Nueva York se sorprendían al día siguiente de la gran manifestación gay en aquella ‘católica España”. Y tendría que pasar poco más de un año para que aquellas Cortes en las que aún resonaba el No-Do, dejaran fuera homosexuales y prostitutas de la ley de Peligrosidad Social.

“Cuando el peligro dejó de ser el estado, comenzaron a ser los grupos de extrema derecha que nos perseguían y nos apaleaban”, comenta Armand, consciente de que la homofobia aún impera en todo, incluso en sociedades pioneras en el liberación homosexual como Catalunya. Resalta la ley catalana contra la homofobia y otros hitos en que España fue pionera, como la legalización del matrimonio o la adopción.

Armand se ha casado ( “con un hombre, eh!”) y ha adoptó a una criatura. Pero esto último es una historia que quedó en familia, ya que fue padre adoptivo de su sobrino. El marido de su hermana no quería el hijo porque “no quería que ella se deformara y ella no quería abortar”. Cuando a su hermana se le empezó a notar la barriga, él se marchó. Àlex de Fluvià y de Fluvià, se llamaba. Pero “se me murió de cáncer con 48 años”, explica, con un tono más íntimo y lleno de tristeza. “Era pintor”.

El timbre de voz, sin embargo, cambia cuando recuerda a su ex-marido. “Un cubano”, dice, burlón. “Pero no llegamos a durar ni un año. Un desastre, lo peor que he hecho en mi vida “, confiesa con un tono deliberadamente despreocupado. “La vida cambia, pero en nuestro caso cambió cuando ya éramos mayores, así que lo teníamos que intentar probar todo”, dice, como justificándose, Armand. Mientras rememora sus experiencias de joven, un conjunto de cuadros colgados en la pared y bustos colocados sobre las estanterías le enmarcan. Pasa un rato hasta que una se da cuenta de que son representaciones del mismo Armand, unos años más joven.

La imagen del joven y la voz del experto. Armand ve que su yo joven está siendo observado y saca pecho, como si en lugar de observar el busto las miradas recayeran directamente sobre él: “¡Yo es que de joven era guapo! Me miro y digo, caray, qué tío más bueno. Ahora sin embargo, ¡no me gusto nada! “. Y se empeña en dar un paseo por la herencia genética de la que sacó su belleza de juventud. Desde un gran cuadro que tiene de sí mismo hasta fotografías y bustos de su padre y su madre, una pareja realmente atractiva.

La nostalgia se le cuadra ante los ojos. “Yo es que quiero vivir hasta los 90 años, como mínimo”. Por eso empezó a ir a ver la dietista del Lluis Llach ( “una médica buenísima, ¡eh!”) Y de ser un carnívoro encarnizado ha pasado a ser vegetariano. “Ya te he dicho que la vida cambia”. Y es que de católico ha pasado a ateo. De españolista a independentista y de monárquico a republicano (de hecho, estuvo dos veces en prisión, pero no por su activismo gay, sino por asociación ilícita en grupos monárquicos). “En la vida no puedes estar totalmente seguro de nada y tenemos demasiado poco tiempo como para pasarlo equivocados. Mejor rectificar y seguir andando “.

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