Toulouse, camino de las estrellas

“Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Antoine de Saint-Exupéry

Roger Karabak
 
 
 

Al traspasar la entrada del Hotel Grand Balcon, en un discreto rincón próximo al bar, uno se encuentra con fotografías de grandes nombres de la aviación francesa: Latécoère, Guillaumet, Mermoz y…Antoine de Saint-Exupéry. El escritor y referente de la aeronáutica se alojaba siempre en la habitación número 32. Ahí, con una Biblia encadenada a la mesita de noche, un viejo gramófono portátil y una ventana desde la cual se divisa la Basílica de Saint-Sernin, escribió retales de El Principito mientas bebía y bailaba al son de Carlos Gardel.

Desde 1920 Toulouse vive un estrecho romance con la industria de la aviación, que se inició cuando reconocidas aerolíneas de servicios postales establecieron su sede en la zona. En esos años, un grupo de aventureros de las alturas cumplían su sueño y unían las ciudades de Toulouse y Dakar (Senegal aún era colonia francesa) con un viejo avión de hélices Lockheed. En esos primeros pájaros del aire transportaban el correo proveniente de la metrópolis. El viaje duraba días y se veían obligados a hacer paradas técnicas en España, Marruecos y Mauritania.

Hoy, muchas cosas han cambiado en la ciudad que alberga la fábrica mundial de Airbus: ya no se envían cartas polvorientas y húmedas al trópico ni se escupe la pasión del tango desde la elegante fachada de ladrillo rojo del Hotel Grand Balcon.

El último Concorde. ROGER KARABAK

La ciudad rosa

Toulouse es hoy un lugar partido en dos; un centro nostálgico y añejo que divide el omnipresente río Garona y un extrarradio en el que se cruzan los aviones y las estrellas. El sobrenombre le viene dado por el color característico de la mayoría de sus edificios, construidos en ladrillo sin recubrimiento que le otorgan ese tono rosado a todo el casco antiguo. Fueron pensados de esta manera porque la ciudad se encuentra en una zona de poco relieve, sin grandes montañas ni canteras de donde extraer piedra.

A escasos 500 metros del hotel que frecuentaba Saint-Exupéry se encuentra la Basílica de Saint-Sernin, la segunda iglesia del mundo con más relicarios y el lugar al que dio nombre el primer obispo de la ciudad, arrastrado y atado a un toro al negarse a participar en un rito pagano.

Si el visitante camina las aseadas calles próximas al ayuntamiento en una calurosa mañana de agosto se encontrará con un sinfín de acentos cruzándose en el aire, tan excitantes e indescifrables como un puñado de notas de jazz.  En el Capitolio, siempre dinámico y con una gran cruz occitana con los doce signos del zodíaco incrustada en el centro de la plaza, las terrazas de los bistrós se adueñan de los pocos espacios de penumbra y allí se amontonan turistas rubios, pelirrojos y morenos dispuestos a pagar tres euros por un sorbo de café. Por si no se habían percatado, esto es Francia: una evocación constante a la nostalgia pero con precios del futuro. Mejor dicho, de ciencia ficción.

La estampa que ofrece Toulouse en pleno siglo XXI es la de un bucolismo ligeramente perturbado, especialmente si el forastero pasea a ambas orillas del Garona. Parejas de enamorados, joviales grupos de adolescentes, pintores expresionistas y trapecistas colgadas del Pont Neuf comparten espacio con las hordas de turistas asiáticos con cronómetro en mano y las cámaras fotográficas como fusil de asalto. Click, click. Un minuto y cambio de escenario. Espera, espera. Click. La funambulista aún continúa suspendida en el aire y una señora mayor japonesa con una cojera latente no da alcance a su grupo. Se sienta y su mirada se pierde en el infinito, clavada entre el antiguo edificio de la aduana y la equilibrista. Ahora, es una espectadora más en el teatro de la nostalgia que es esta ciudad.

La equilibrista del Garona. ROGER KARABAK

Vueling vuela de Barcelona a Toulouse tres veces por semana.

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