Juguetes y ratones en el Hermitage de Catalina

Cómo la pasión de una emperatriz rusa acabó por conformar la mayor colección privada de Europa en uno de los museos de arte más visitados en todo el mundo.

Laureano Debat
 
 
 

Al matrimonio real conformado por Catalina La Grande y Pedro III de Rusia le encantaban los juegos. Él era un leve deficiente mental con conciencia infantiloide, que hasta su muerte jugaba con soldaditos en su habitación. Ella, una exégeta del arte occidental que se hacía comprar cuadros y los guardaba en su galería privada a la que no podía entrar nadie más que ella y sus ratones.

La mítica emperatriz tenía emisarios por el sur y centro de Europa, gente culta de la corte del Zar que viajaba comprando arte. Eran los cool-hunters de la época y le recomendaban los artistas que estaban de moda. Y Catalina compraba, a gran escala: Rafael, Rubens, Van Dyck, Rembrandt, Murillo, todo lo mejor de la pintura francesa, holandesa y flamenca. Todos terminaban decorando las paredes de su residencia, el Palacio de Invierno y lo que más tarde sería, después de su ampliación, el Museo del Hermitage.

No es una casualidad su nombre y no se debe solo a la francofilia de los zares, sino que resalta el carácter de ermitaneidad de una emperatriz que, prácticamente, no salía del palacio. Que disfrutaba de sus colecciones en soledad, sin permitir que nadie más que ella ingresara, soportando la presencia de los ratones que era imposible de evitar.

Dentro del Palacio de Invierno (Laureano Debat)

Hoy el museo de San Petersburgo alberga en su sótano a más de 70 gatos, cuya función es proteger de los actuales roedores los tesoros de Catalina. Ese también fue el legado de la emperatriz: que haya personal encargado de alimentar a los felinos que cuidan sus juguetes.

Una colección de piezas que, según una carta de la misma Catalina, oscila entre más de 10.000 pinturas (entre dibujos y grabados), más de 10.000 esculturas y más de 38.000 libros. La mayor colección privada que alguien tuvo en Europa.

Los zares europeístas

San Petersburgo fue fundada en 1703 por Pedro el Grande y de acuerdo a su filia europeísta. Para la ocasión, invitó a arquitectos holandeses, franceses e italianos, los mejores del momento, para que repliquen los palacios de sus países en este enorme bosque pantanoso repleto de canales.

El Palacio de Invierno y el Museo del Hermitage entran dentro de esta lógica arquitectónica. Situados en la plaza de San Isaac, sobre el río Neva, se unen en un edificio verde y blanco de cara al río, de acuerdo a cómo nació la propia ciudad: todo con vistas al río, para que se la viva navegando. Aunque hoy por hoy, quienes navegan son los rusos ricos que pueden pagar un barco o los turistas que pagan un tour. En los folletos figura como la Venecia del Este, pero no es una ciudad precisamente gondolera. El grueso de la población la vive a pie, en coche, autobús o metro.

Dentro del Museo del Hermitage (Laureano Debat)

El palacio está sostenido por más de 4 millones de visitas anuales y por columnas de mármol de Carrara revestidas con oro de los Urales. En su Sala Blanca, un reloj con la escultura de un pavo real recuerda las pasiones que despertaba Catalina en sus amantes. En este caso, se trata de un regalo bello y exótico del Sr. Potemkin, primer gobernador de Crimea, el mismo que le puso nombre al famoso acorazado y ferviente amante de la emperatriz Catalina.

Hay mucha obra sin firmar de la primera época del Renacimiento, cuando la Iglesia impedía firmarlas porque decía que un ser humano no podía hacer cosas tan bonitas sin la ayuda de Dios, quien era el que guiaba la mano del pintor. Algo así como un decreto de la muerte del autor pero no desde una lógica de Roland Barthes, precisamente.

De la mano invisible de Dios a la mano falsa de Van Dyck, el retratista más solicitado por las cortes europeas. Su habilidad para sacar lo mejor y lo más bello de las personas era notable. Dicen que nunca mentía en sus retratos, no cambiaba la fisonomía ni partes del rostro de sus retratados. Les hacía ponerse vestidos, peinados y poses que los favorecían, elegía la luz y puntos de vista. Y todos quedaban contentos.

Autorretrato de Van Dyck (Laureano Debat)

Pero en su autorretrato mintió: se dibujó con las manos de un aristócrata que nunca hizo nada con sus manos, cuando en realidad los pintores tenían las manos de obreros, lastimadas y toscas, con manchas de pintura. Dicen que es un giro vergonzante de Van Dyck no por su condición de pintor sino de plebeyo, su origen de familia de obreros. Un plebeyo sirviendo a las cortes, avergonzado de su condición.

El suelo del Hermitage es de madera de ébano, mantenida por una laca resistente. Muchas paredes y columnas están revestidas con estuco o falso mármol, muy de moda en la época de Catalina ya que los pintores podían operar con cualquier color sin inconvenientes. Recorrer los pasillos del museo es asistir a una clase completa de historia del arte, pasando por el Renacimiento, el Manierismo, el Barroco. Todo rodeado del lujo de mesas y jarrones de malaquita verde y lapislázuli.

Las últimas salas del Hermitage están reservadas para los pintores impresionistas, una colección expropiada por el gobierno bolchevique a los últimos zares. Están Cézanne, Renoir y Monet. Y un cuadro de Goya, que fue un regalo que el millonario Armand Hammer norteamericano le hizo a Lenin.

Una vez fuera y acabada la visita, tomamos dimensión de los caprichos de Catalina, con las dimensiones impactantes de todo lo que hemos estado caminando. Y podemos imaginarla a ella dentro, sola, rodeada de miles y miles de cuadros. Paseando en soledad por salones magistrales, sintiéndose el centro de un mundo hecho a medida de sus capricos. Una casa gigante de muñecas pintadas.

Vueling vuela desde Barcelona a San Petesburgo hasta cuatro veces por semana.

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