Paseando por el laberinto mental que es Beirut

La capital del Líbano, a la que hace tiempo apodaron la Suiza de Oriente, es un puzle complejo. Una torre de Babel en horizontal que aglutina gente de múltiples religiones y que posee características tanto de Oriente como de Occidente. Y engancha.

Alicia Fàbregas
 
 
 

Hace bueno y el sol empieza a bajar. Un momento de luz suave, atractivo para cualquier ciudad, que saca su perfil más fotogénico, aunque las fotografías solo sean mentales. Así que decidimos aprovecharlo para acercarnos a dar un paseo por la mítica corniche de Beirut -el paseo marítimo-, un lugar común en muchas ciudades de mar. Dentro de la ‘zona de confort’ para alguien que también viene de una ciudad marítima. Un punto de inicio más ligero para despegar en el descubrimiento de esta ciudad de Oriente Medio, árabe y bastante occidental a la vez. Un laberinto mental para quien espere ideas claras, donde esa típica dicotomía entre este y oeste salta por los aires, al menos para el viajero.

Hay grupos de jóvenes en patines haciendo eslalon, y familias enteras sentadas en un solo banco, pasando el rato, disfrutando de la brisa marina y de las vistas. Un recorrido de observación que se entiende mejor con un poco de rock alternativo com banda sonora. El grupo libanés Mashrou’ Leila, y en concreto su canción del olor del jazmín y de la novia que al final resulta ser novio: Shim el Yasmine (Huele el jazmín). Que es en realidad un canto al respeto y la tolerancia frente a la sexualidad no normativa. Mashrou’ Leila podría ser una fotografía musical de los cambios que acontecen en el Líbano y especialmente en Beirut, que lleva unos años abriéndose a la lucha LGTB, a través de asociaciones, bares y discotecas de ambiente, como se explica a fondo en un artículo reciente de Pikara Magazine.

El grupo de rock libanés no se queda en la reivindicación de las identidades sexuales, ahonda también en la propia identidad del país. Habla de la guerra, de los crímenes políticos, la inmigración y otros temas peliagudos. Y sin quererlo plantea algunas respuestas a cómo de lejos están ahora del retrato que hacía el periodista Mikel Ayestaran en su Oriente Medio, Oriente roto –muy recomendable para quien quiera viajar al Líbano sabiendo algo sobre la historia reciente del país.

Vista desde la ‘corniche’ de algunos edificios del paseo.

Así que intento hacer un juego de muñecas rusas con la línea temporal, y me imagino a Ayestaran paseando por la misma corniche -como describe en su crónica- en pleno estallido de la guerra de 2006, en el enfrentamiento entre el ejército israelí y la milicia chií Hizbulá.

En mi paseo no huele a guerra, aunque antes de llegar aquí hayamos pasado por delante del hotel Holiday Inn, una cicatriz de cemento que conserva todavía los rastros de los primeros combates durante el estallido de la guerra civil en 1975. Pero pese a esos restos intactos de la guerra -que se reparten en varios rincones de la ciudad- el aire huele más bien a Occidente. Por algo la llamaban la Suiza de Oriente.

Por la noche salimos de bares, nos tomamos copas con hispters en locales similares a los que se puede ir en Barcelona, Berlín o cualquier otra ciudad europea, conversamos con refugiados sirios -el Líbano ha acogido a más de 1.5 millones-, y acabamos en una discoteca que parece una antigua nave industrial, con varios pisos a los que subes en un ascensor grande, tipo montacargas, para llegar a una pista de baile enorme, con unos ventanales que ofrecen unas vistas de la ciudad de esas que cualquier artículo de Time Out destacaría.

Un hombre lee el periódico aprovechando la luz natural. ALICIA FÀBREGAS

Y por la mañana, caminando a pleno sol, pasamos por delante de casas señoriales que se caen sin que nadie intente aguantarlas en pie, edificios modernos y europeos, otros destartalados…Un urbanismo aparentemente del todo arbitrario. O más bien una mezcla de pasado y presente, Oriente y Occidente, que también impregna la identidad de sus ciudadanos. Pero la cosa es todavía más complicada. En el Líbano conviven 4,2 millones de habitantes en una extensión que representa cerca de un tercio de Catalunya. Chiíes, suníes, palestinos, drusos, cristianos y otras minorías religiosas se reparten el territorio con las consecuentes tensiones históricas que esta mezcla ha supuesto. El norte, con Trípoli como ciudad principal, es zona mayoritariamente suní. El sur, en cambio, está bajo control de las milicias chiíes de Hezbollah. Beirut tiene esa división en forma de barrios, pero a la vez parece una isla.

Cogemos un taxi y, sentados unos encima de otros, atravesamos un tráfico que parece guiarse por el caos, para llegar hasta el barrio de Shatila, originariamente un campo de refugiados palestinos, lleno de motos con hasta tres pasajeros, casas amontonadas a las cuales se accede por calles estrechas y oscuras, pavimentos sin asfaltar y un cielo que es difícil de ver a través del entramado de cables eléctricos que cuelgan de casa en casa. Nada que ver con el paseo por la corniche.

Barrio de Shatila, antiguo campo de refugiados palestinos. ALICIA FÀBREGAS

En Shatila y en Sabra -el otro campamento de refugiados palestino-, tuvo lugar una horrible matanza en 1982, durante la guerra civil, cuando milicianos falangistas apoyados por Israel entraron de noche y asesinaron de maneras horribles a todos los ancianos, mujeres y niños que encontraron en las casas. Imposible describir lo que pasó, aunque algunos lo han intentado con bastante maestría, como Ari Folman con su Vals con Bashir, o Sorj Chalandon en su novela La cuarta pared.

En nuestra visita las calles están abarrotadas de gente, pequeñas tiendas, o mercadillos abiertos y minibuses no precisamente modernos con niños que parecen volver del colegio.

En breves cogeremos una furgoneta alquilada para recorrer el resto del país, y acabaremos de constatar que esa idea que tienen muchos europeos de que Beirut -y el Líbano en general- son lugares a evitar, no puede estar más equivocada. Esta es una ciudad que hay que venir a descubrir.

Vueling vuela hasta seis veces por semana desde Barcelon a Beirut.

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