Nuremberg, testigo sincero

La capital cultural de Franconia cuenta con casi un milenio de historia. Desgraciadamente, los humos del nazismo aún adulteran su jurisdicción. Sin embargo, la ciudad ha sabido lidiar con su pasado reciente, aplicándose una enmienda a la totalidad.

David Córdoba Bou
 
 

El poeta del s.XIX, Max von Schenkendorf decía “si conocéis y queréis a Alemania, le llamaríais Nuremberg, llena de las artes nobles.” Eso es lo primero que se comprueba al levantar los pies de los raíles. Ojeando desde el ferrocarril, descubro el antiguo foso que aún rodea la mayoría de la ciudad vieja. Con la rapidez de aquella liebre joven que el genio local, Alberto Durero perfiló, atravieso la calle para adentrarme en un rincón alojado entre arcos de piedra. Allí los artesanos trabajan la madera, el metal, el cuero y por qué no decirlo, también la harina y los huevos. Handwerkerhof, el patio de los artesanos, evoca un Nuremberg medieval enclavado entre mágicas murallas. En medio de una nube de especias, los más golosos a mi alrededor se ven tentados a probar las tradicionales galletas Lebkuchen. Ahora bien, ni los bizcochos, ni el mercado tienen origen en el Sacro Imperio Romano Germánico. Levantado en 1971 para celebrar el 500 aniversario de Durero, la popularidad forzó la derogación de una planificada temporalidad.

El corazón latiente de Nuremberg. David Córdoba Bou

Un decorado de los hermanos Grimm

El centro histórico, a pesar de haber sufrido las heridas por haber sostenido uno de los bastiones más importante del régimen durante la Segunda Guerra Mundial, ha sabido cómo florecer de nuevo con un cuidado cadencioso. El castillo imperial (Kaiserburg) así como muchas iglesias volvieron a levantarse usando la piedra original. Y es aquel aroma de floristerías junto con los humeantes restaurantes, lo que nos transporta a una autenticidad preservada. De un extremo al otro la misma sentencia; los Nürnberger Rostbratwurst, unas salchichas de un tamaño reducido que esconden un regusto activador de las papilas. El acompañamiento, sea una ensalada de patatas o un puñado de col fermentada, es un contencioso sin jurisprudencia. Pero para leyes culinarias, la Reinheitsgebot. La ley alemana de la pureza de cerveza es aún hoy en día un orgullo recóndito entre bodegas esculpidas en rocas con cientos de años.

El río Pegnitz es el testimonio que divide la ciudad de lado a lado, colindando su vegetación con aquellos edificios de piedras como panes de jengibre y tejas con aromas chocolateados. En Navidad, el mercado de Christkindlesmarkt, tanto por antigüedad como por testimonio, se revela como un valioso gozo para los sentidos. Hablamos de una arquitectura bien pulida. El Hospicio del Espíritu Santo (Heilig-Geist-Spital) conocido como un depósito de joyas imperiales, es también una pieza por fuera. Desde el puente de los museos se aprecia el contraste entre la naturaleza y la mano de obra humana. Me detengo a observar pero no soy el único, otras personas me siguen la mirada.

La colación de museos denota la alegación de su bagaje: El arte renacentista se mezcla con la técnica de hacer juguetes, sin dejar escapar el museo alemán de las palomas, simbólico cuanto menos. Uno de los más populares es el museo del juguete. Una tradición, la de acoplar toda clase de juegos, con más de seis siglos de existencia. A pocos kilómetros de la ciudad, el Playmobil Funpark nos recuerda que la vinculación no es en ningún caso sospechosa.

La antigua Sala de Congresos, fascinación y terror. David Córdoba Bou

De la hoguera al ave fénix

Sin embargo, no todo son luces y colores. Alejado del centro, entre una aparente niebla permanente, el centro de comunicación del partido Nazi actúa de confidente. Allí se depone con todos los pormenores, el edicto de la ideología hitleriana. Paseando por el inmenso Campo Zeppelin, el mismo escenario filmado por la propagandista Leni Riefenstahl, nos recuerda cuál fue la cuna. De ahí nacieron unas leyes repudiadas y abrogadas hacia la población judía. Revocadas durante proceso de Nuremberg, en un palacio de justicia superviviente a los bombardeos y hoy en día un vestigio museístico. Distintivo por propiciar el nacimiento de la práctica del derecho internacional.

De camino de nuevo a la estación de trenes, localizo la calle de los Derechos Humanos, donde está ubicado el Museo Nacional Germánico con total intencionalidad. Rodeado de una colosal escultura al aire libre, donde la diversidad lingüística está presente, me es inevitable recordar al cantante Pete Seeger. Concretamente su deseo de juzgar las atrocidades de My Lai en la guerra de Vietnam. “Last Train to Nuremberg” una canción antibélica, en defensa de la justicia, y contra todo tipo de discriminaciones, ahora mutada en un recuerdo constante entre palomas surcando los cielos. Palomas de una ciudad conmutada por su pasado. Porque la memoria es un arma cargada de futuro.

La paz sobrevuela los derechos humanos. David Córdoba Bou

Vueling tiene cuatro frecuencias semanales desde Barcelona a Nuremberg. Y con la Tarifa Family, los que viajen con los más pequeños de la familia podrán volar más cómodos y tranquilos. Incluye el equipaje de mano hasta 10 kg, una maleta facturada de hasta 25 kg, y sentarán juntos a todos los miembros de la familia. Además, en caso de viajar con niños de hasta 2 años, gozarán de embarque prioritario y un mostrador exclusivo en aeropuertos seleccionados.

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