Villefranche y Èze, donde los famosos intentan pasar desapercibidos

Mónaco o Saint-Tropez son lugares conocidos por dar cobijo a la jet set, sobre todo a los que les gusta ostentar. Coches caros, vestidos caros, todo bien a la vista. Pero hay otros rincones de la Costa Azul donde muchos personajes famosos van justamente a lo contrario, a disfrutar de esa parte del Mediterráneo sin llamar tanto la atención. Villefranche-sur-Mer y el pequeño pueblo de Èze son dos de esos rincones.

Alicia Fàbregas
 
 
 

Los mayores del lugar cuentan que a principios del s.XX el pequeño pueblo pesquero y medieval de Villefranche-sur-Mer se convirtió en una de las paradas preferidas de la US Navy cuando surcaba el Mediterráneo. Dicen que por eso en aquella época algunas calles del casco antiguo se llenaron de prostíbulos.

Igual los marines se cruzaban en los lupanares con los artistas bohemios que también le cogieron apego en esa época y en las décadas posteriores a ese rincón de la Costa Azul. En los años 20 Jean Cocteau, poeta, dramaturgo, cineasta y pintor francés, se hospedaba habitualmente en el Hotel Welcome -que sigue existiendo-, y utilizaba en secreto otra de las habitaciones para darle al opio, una de sus aficiones. Otra era pasearse por la Calle Oscura, justo detrás del hotel. Un lugar que se construyó en el s.XIII para que los militares pudieran atravesar con facilidad el pueblo y que todavía hoy inspira cierto misterio.

La Calle Oscura, en Villefranche-sur-Mer. ALICIA FÀBREGAS

Ahora, famosos como Elton John, Jack Nicholson o Roman Abramovitch tienen villas por esa zona, casas espectaculares que cuestan cientos de millones y que se alzan a las afueras del pueblo, en lugares increíbles, pero no muy a la vista. Por eso los visitantes que llegan a Villefranche -está solo a 5km de Niza y en tren se tarda muy poco- para pasar un rato bañándose en las aguas turquesas con el verde de la corniche a sus espaldas, no detectan rápidamente el lujo. Sigue manteniendo ese aire de pueblo de pescadores -muy bien cuidado- y en su playa de piedras la mayoría de los bañistas parece gente corriente. Los mismos que pasean por las calles estrechas y empedradas de su casco antiguo. Eso sí, en los precios de los restaurantes ya se nota algo más ese refinamiento camuflado, aunque no de manera excesiva.

Vistas desde el puerto de Villefranche. ALICIA FÀBREGAS

El escondite perfecto

Cuando salía del Airbnb a las afueras de Niza, un piso pequeño, con la bañera mohosa y el suelo de la habitación lleno de polvo -en esa ciudad los alojamientos turísticos mínimamente decentes son bastante prohibitivos-, el propietario me abordó en la puerta para atiborrarme de consejos sobre qué visitar. Me repitió infinitas veces que fuera a Èze, que allí me podía cruzar con gente como Brad Pitt -estupendo- y que además era un pueblo con mucho encanto y accesible en transporte público. Dudé unos instantes sobre la fiabilidad de esos consejos, pero decidí que igual valía la pena, que mezclarme con un poco de lujo saliendo de esa ratonera no estaría mal.

Así que después de una mañana de playa en Villefranche, volví a coger el tren hasta la siguiente parada, Èze-sur-Mer, y allí me subí en un autobús lleno de turistas que ascendía por la montaña escarpada hasta el pueblo de Èze, en pleno Parque Natural de la Revère.

Vistas desde Èze. ALICIA FÀBREGAS

Y resultó que sí que valía la pena. Ese pequeñísimo pueblo que en sus orígenes, en el s.XII, debía proteger a los condes de Provenza y a los duques de Saboya, ahora protege de las miradas indiscretas a los más privilegiados. Desde los años 50, parte de él es un hotel de lujo: el Hotel Chèvre d’Or. Concretamente, 40 casas de Èze son actualmente propiedad del hotel, la mayoría suites, o restaurantes -también bajo la misma propiedad- uno de ellos con dos estrellas Michelin. Y muchas de esas habitaciones y restaurantes están conectados de tal manera que no hace falta salir del complejo hotelero y mezclarse con los turistas que visitan Èze.

El glamur queda claro nada más entrar al pueblo, donde lo primero que recibe al visitante es el aparcamiento del hotel, con coches que cuestan más que algunas casas. Después, al ir recorriendo sus calles empedradas y magníficamente conservadas, te puedes cruzar con gente impecablemente vestida y acompañada de un séquito de fotógrafos y videógrafos que retratan su paseo, seguramente para después subirlo a las redes sociales.

Una de las callejuelas de Èze. ALICIA FÀBREGAS

Unas calles por donde también paseó Friedrich Nietzsche. De hecho, hay un camino con su nombre, porque según cuentan, es por donde el filósofo solía andar, desde la parte del mar hasta allí arriba -una excursión de unos 45min- y donde se inspiró para para escribir la tercera parte de “Así hablaba Zaratustra”. De esa zona Nietzsche dijo que “los días se suceden los unos a los otros con una belleza insolente”. No puedo estar más de acuerdo.

Vueling vuela de Barcelona a Niza.

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