Roma, el pasado esculpido en mármol

Roma es de esas ciudades donde la memoria tiene una sombra larga, donde es imposible caminar y mirar a tu alrededor sin pensar en siglos atrás, en su momento de máximo esplendor. Y esa sensación es especialmente acuciante en los centenares de esculturas que se reparten por todos los rincones: el pasado petrificado en su versión más bella.

Alicia Fàbregas
 
 
 
Estatuas de uno de los museos del Vaticano. ALICIA FÀBREGAS

Estatuas de uno de los museos del Vaticano. ALICIA FÀBREGAS

Hay alguna escalinata en el Vaticano por donde ahora la gente pisa solo para ir de una sala a otra, casi sin verla. En los años 1500 por allí subían caballos. De hecho, estaba específicamente diseñada para que se pudiera subir a caballo.

El Vaticano es la máxima expresión de una época gloriosa que se alarga por los siglos de los siglos. Es un lugar para tirarse días inspeccionando cada recoveco. Más todavía si no se es creyente, porque entonces pierde parte de ese halo místico y afloran todos los detalles. En realidad, el Vaticano es un lugar para perderse, punto. Por su diseño de forma laberíntica, no desde sus inicios -puede que también-, sino el actual recorrido turístico. A veces salir de allí se pone imposible si uno no quiere seguir como las ovejas la ruta marcada. Pero ese es otro tema.

El Vaticano es el paraíso de las esculturas. Roma entera lo es, pero en el Vaticano se concentran muchísimas. Está el ‘Patio de las Estatuas’, la ‘Galería de las Estatuas’…Y dan lo que prometen.  Así es fácil contemplar la impresionante habilidad de los artistas de hace siglos –incluso antes de Cristo. Cómo conseguían petrificar cada movimiento del ser humano, cada gesto, cada pliegue de la piel, incluso las emociones y los sentimientos. Esos cuerpos y ropas marmóreas son maravillosos.

El Guerrero persa. ALICIA FÀBREGAS

Especialmente en el Museo Pío Clementino, que reúne las obras griegas más importantes que conserva el edificio. Allí está, entre otros, la famosa ‘Ariadna dormida’. Y también el ‘Guerrero persa’, que se esculpió en el s.II d.C. Tantos siglos y todavía hoy podemos contemplar esa genialidad de los artistas de otra época. No es de las obras más conocidas, pero tiene detalles increíbles. La expresión de horror disimulado, impasible, en su cara, esa manera de ver la muerte llegar y empuñar tu espada, aunque sabes que no hay nada que hacer, con todos sus músculos apretados, ¿por el miedo o como último desafío? La luz que entra por las ventanas en un buen día le da a la estatua una cadencia tibia que contrasta con la dureza de esa expresión y hace brillar las telarañas que pueblan algunas partes de la obra. Esa luz suave y las telarañas suavizan el horror crudo y le dan un aire de algo relegado al pasado, algo principalmente destinado a recordar las victorias de los griegos. Pero puedo imaginarme guerreros persas como ese hoy en día, en los diversos conflictos que están obligando a millones de personas a huir de sus casas, para evitar sentir lo mismo que esa estatua.

Bernini lo tenía todo

En el s.XVI podías aprender a esculpir en el taller de tu padre y pasar a la historia como uno de los mejores artistas del Barroco italiano. Los Steve Jobs del 1500. Ese fue el caso de Gian Lorenzo Bernini, un escultor y arquitecto -también pintor como hobby- responsable de parte de las obras del Vaticano y de Roma entera. Todo el mundo le alababa. “Un talento completamente particular para expresar las cosas con la palabra, el rostro y la gesticulación, y para hacerlas ver tan agradablemente como los más grandes pintores han sabido hacerlo con los pinceles”, decía de él Fréart Chantelou, un coleccionista y mecenas francés de la época.

Una de las esculturas de la fuente de los Cuatro Ríos. ALICIA FÀBREGAS

Pero los genios cosechan enemigos, y el suyo fue Borromini, otro artista del momento. Aquella lucha y otras internas entre los Papas hicieron que durante un tiempo Bernini quedará relegado a las sombras. No duró mucho. Fue bajo el mandato del Papa Inocencio X. Pero Bernini se las ingenió para volver al estrellato. Inocencio X tenía un palacio en la plaza Navona y pensó que sería estupendo convertir aquella plaza en la más espectacular de la ciudad. Así que organizó un concurso entre los mejores artistas italianos para dar con un diseño único para una gran fuente. Y dejó a Bernini fuera del concurso. El escultor y arquitecto, además de artista también era un buen estratega y tenía contactos. Habló con un noble que era amigo suyo e idearon un plan: hacer una maqueta de la fuente y colocarla en una sala del palacio del Papa por donde este siempre pasaba tras volver de cenar. Inocencio X pasó una noche por delante de la maqueta y quedó enamorado. Después de un rato admirándola, zanjó: “Habrá que emplear a Bernini a pesar de todos sus enemigos, pues quien no quiera valerse de sus planes es mejor que no los vea”. Así es como el artista consiguió adjudicarse el proyecto de la fuente de los Cuatro Ríos, que representan los cuatro continentes entonces conocidos, una obra que todavía hoy deja al que la contempla con la boca abierta, embobado admirándola, como le sucedió al Papa.

Una de las esculturas de la fuente de los Cuatro Ríos. ALICIA FÀBREGAS

Vueling vuela de Barcelona a Roma.

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